#146

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Sunday at the Village Vanguard es el tercer disco que Bill Evans grabó como líder de su propia formación. Se registró en directo en el famoso club neoyorquino el 25 de junio de 1961. Acompañan a Evans el baterista Paul Motian y el mitificado contrabajista Scott LaFaro, que moriría en un accidente automovilístico pocos días después, a la edad de veinticinco años. En la funda de la nueva edición del vinilo vemos al pianista solo, en una imagen en blanco y negro, vestido con una sencilla camisa clara. Las manos, adelantadas hacia el observador, reposan sobre lo que parece una mesa. El fondo es neutro. Desde el otro lado de sus gafas de pasta Bill, un hombre ciertamente inteligente como evidencia su música y han testimoniado algunos de sus colaboradores, nos envía una mirada que a mí se me antoja interrogativa. ¿Qué nos quiere preguntar? Un tipo inteligente siempre tiene una pregunta que hacer. Pero tal vez no se trate de eso, sino de una cortés invitación a que pasemos a disfrutar de la extraordinaria música que ha ejecutado uno de los mejores tríos de la historia del jazz. En la mano izquierda, entre los dedos índice y medio, Bill sostiene un cigarrillo. El cigarrillo está encendido, vemos la brasa en su extremo. Y sin embargo —atención a este dato— no hay ni rastro del humo que desde él debe haberse elevado en fina columna. La ausencia de esa emanación gaseosa consustancial a la combustión de cualquier pitillo me resulta perturbadora. ¿Se la ha llevado una mágica corriente de aire o la ha eliminado el responsable de la edición gráfica, preocupado por los posibles perjuicios que como fumadores pasivos nos pudiera causar? Sea como fuere, la ausencia del humo es un fraude y una traición al ambiente que debió de reinar aquel domingo en el Vanguard. Pero lo extraordinario no es eso. Lo extraordinario es cómo usted, a la luz de lo que con mi guía ha ido verbalizando en las sesiones que hoy concluyen, se ve retratado en ese pitillo huérfano de su natural aureola. Usted es, y esta es la conclusión a que podemos llegar, como ese cilindro de papel, tabaco y aditivos químicos. Incendiado, intercambiando calor con el medio, consumiéndose sin que de él nada se eleve. Ni una brizna de turbio gas que desde las alturas pueda proclamarse el producto de ese consumirse suyo, otorgándole así un sentido a los ojos del mundo. A cambio, lo que tenemos es una pulcra, sanitaria y no obstante lacerante nada.

Walter Crispi-Christopherson: La risoterapia en serio. Ediciones El paso de Gloria.

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#145

Nico me contó que cada día, al volver a casa después del trabajo, Morgan comía en silencio el plato de carne asada y patatas teñidas con colorante alimentario que Linda le ponía en la mesa. Luego, sin cruzar con ella más de un par de palabras, se enfundaba en el mono azul y salía a hacer las chapuzas del día. Entre el palomar, la huerta y las averías del motor del pozo no le faltaba en qué ocuparse. El viejo nunca quiso que Nico ni ninguno de los otros chicos le echara una mano. El taller era territorio prohibido. Cerraba la puerta a cal y canto, y el tintineo de las llaves acompañaba sus pasos hasta la perrera, donde las fieras aullaban y golpeaban el cercado. Cuando Morgan entraba en aquel cubil infecto, lo recibían con la cabeza gacha y una frenética agitación de rabos. Si había peleas por el rancho, el viejo las atajaba con un grito seco, o con una patada si estaba de malas. A la hora del informativo nocturno, cenaba en el salón pequeño, mirando la pantalla con atención de hipnotizado, mientras Linda planchaba la ropa que su marido llevaría a la oficina al día siguiente. A Nico le gustaba sentarse en el suelo, cerca de él, y escuchar sus comentarios los días que estaba locuaz, que eran los menos. Algunas veces, el hombre dejaba caer una mano sobre la cabeza del chico y revolvía su pelo rubio y lacio. He visto fotos de Nico de aquella época y podéis creerme que era un niño adorable. Recuerdo la vez que me pidió que le planchara su puta camisa hawaiana. Primera y última. La plancha acabó volando en dirección a su preciosa cabeza, y allí habría acabado si no es por el cable. Yo no aguanto gilipolleces de nadie, y nunca fallo un tiro. Nico aprendió dos lecciones ese día. Mientras se mantuvo sobrio fue capaz de retenerlas.

El pantano (II).

#144

winston baja

En la casa del pantano enloquecen los niños y los perros. Así ha sido durante décadas y así continúa. No sé cuál es el motivo, pero supongo que algo tiene que ver con el carácter de Morgan. El viejo Morgan es un tipo afable, diría incluso que encantador la mayor parte del tiempo, pero cada vez que voy a llevarle el pedido tengo que esperar a que encierre los perros. Esos bichos ladran como fieras en cuanto me huelen. Yo los oigo desde la vuelta del camino y no me atrevo siquiera a acercar la camioneta a la valla de malla metálica que el viejo ha construido con sus propias manos para poder soltarlos y que desfoguen recorriendo la finca con ansiedad babeante. Blanca Andreu dijo que un perro es un lobo enamorado y creo que esa sentencia es un hallazgo luminoso y lleno de verdad pero, creedme, su jurisdicción no alcanza la destartalada casa del pantano. No me malinterpretéis. Respeto a Morgan. Sé que es un tipo de fiar y que no le haría daño a una mosca, pero tiene que haber una razón que explique por qué en su casa enloquecen los perros y los niños. Nico cree que esa razón es el temperamento errático del viejo, capaz de imprevisibles explosiones de ira por los motivos más nimios. Los perros lo veneran como al auténtico jefe de la manada, pero son incapaces de encontrar un patrón en sus reacciones y por ese motivo no tardan en volverse locos. Todos necesitamos saber a qué atenernos. Nico tiene muchos recuerdos de cuando vivía en la casa del pantano. Aquel verano sofocante que pasamos en la caravana me contó un montón de historias. Cada tarde, al despertar de la siesta echábamos un polvo. Luego, empapados de sudor sobre la cama, compartíamos un pitillo y él me hablaba del viejo. Era su único tema de conversación. Al principio me gustaba oírle pero acabó por cansarme. Tal vez por eso dejamos de follar. Tal vez por eso prendimos fuego a la caravana y echamos a suertes qué dirección tomaría cada uno para asegurarnos de que nuestros caminos nunca volverían a cruzarse.

El pantano (I).

#143

Pongamos por caso una chaqueta. Una puede usarla durante una temporada y luego, bien porque ha llegado una estación más cálida o bien porque ha de emprenderse un viaje y no cabe en la maleta, abandonarla en una percha. La chaqueta quedará ahí por entero. Por mucho que una pueda conservar durante cierto tiempo algún recuerdo de la prenda, no es admisible decir que tal realidad mental (el recuerdo) forma parte de la chaqueta. En cualquier caso, a ella nuestra actividad neuronal le es por completo indiferente… ¡Sigamos! Cuando regrese a casa o la estación cálida haya pasado, sea cual sea la cantidad de tiempo que haya podido transcurrir, la titular de la prenda podrá volver a ponérsela y la vieja chaqueta abrigará exactamente lo mismo. Este es el primer Wittgenstein, el voluntario de la Gran Guerra. El del Tractatus. La ropa sirve para vestirse, igual que el lenguaje sirve para representar el mundo. ¡Genial! ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta antes? Pero… ¿Y si durante nuestra ausencia la chaqueta se ha apolillado? ¿Y si alguien la ha distraído? ¿Y si la moda ha cambiado y lo que antes era una prenda atractiva se ha convertido en un atavío carnavalesco? ¿Y si necesito dinero y no me queda otra que ponerla en Wallapop? Este es el segundo Wittgenstein, el maestro rural que regresó a Cambridge cuando sintió que tenía algo nuevo que contar. En casi todas las imágenes a nuestro alcance, aparece vestido con una americana de tweed de anchas solapas. Comprobadlo por medio de una búsqueda en Google y veréis que parece en todos los casos la misma chaqueta. ¿Quiere esto decir que una es siempre, por mucho que se empeñe en otra cosa, la que ha sido? ¿Que Wittgenstein siempre fue el primer Wittgenstein?… ¿O todo se debe a la escasez de imágenes de nuestro querido filósofo disponibles en la red de redes?

Nekane Kawasaki: Filosofía a tiempo parcial. Monarquía Parlamentaria Ediciones.

#142

Lo único que recordaba de Trieste eran los vientres hinchados de las ratas en el puerto, un hombre loco que en otra ciudad lloró abrazado al cuello de un caballo, la ebriedad del poeta llegándose a la manera de los dedos tuyos. La guerra era una crónica borrada en el tren de Liubliana, y lo único que recordaba era el olor a verdad en la piel que se ama sin apelación posible, el templado abrazo del Mediterráneo como un detestado lugar común. ¡Maldita sea! Parecía como si alguien hubiese represado el río del olvido en un lugar muy preciso de su curso alto, mientras en la habitación contigua las alumnas de la profesora Preciado volvían a discutir quién hace el zumo de naranja después de una larga noche exprimiéndose, ya me entiendes… Lo cierto es que había alcanzado esa divisoria de aguas desde la que se aprecia que escribir puede servir de terapia o alimentar la neurosis. Dejar de hacerlo convertiría fatalmente cualquier actividad futura en postpoesía. Aquel día se levantó muy temprano y corrió siete kilómetros. Al salir de la ducha supo que podía averiguar quién había sido si inventariaba los libros que faltaban de su biblioteca. Fue la última vez que tras el vaho del espejo encontró su rostro.

Claudine Roderickson: A la manera de los dedos tuyos. Moodforlove Editores.

#141

A prohibición non busca aniquilar o desexo, senón que o multiplica. O desexo é sempre desexo de prohibición. No límite, Eros e Thanatos acóplanse. As rapazas deste semestre traballan nas ferramentas conceptuais que han dar voo á idea. Mais como hoxe é festivo e cancelaron a alerta meteorolóxica, a profesora Butler lévaas a Point Bonita. A uns cen metros do faro, ben máis lonxe da rompente do que adoitan, pastan as píloras raidas. Cada tanto, a azul carne do mar ábrese cun lategazo retardado, e elas sénteno nas plantas dos pés. Punto e medio na escala de Richter, poida que algo máis. O corpo apareceu entre os piñeiros, sobre unha cama de penica húmida. Tiña os ollos velados. Da súa boca aberta as formigas facían labor propio. No transbordador hai unha máquina de cocacolas. Beber calma a sede, pero non di nada da seca.

Arenaria dos Santos: Cadernos de Berkeley. Misunderstanding University Press.

#140

La nieve componía rostros sobre la cordillera. Ojos, narices, labios… Observándolos a través de la ventana, jugó a darles nombre mientras terminaba el vaso de agua. Regresó luego a la cama. Se deslizó con sumo cuidado, acomodándose boca arriba, con toda la espalda apoyada en el colchón, y subió el embozo hasta la altura de las cejas. No tardó en retorcerse hasta quedar sobre su costado izquierdo, las piernas flexionadas. Un brazo emergió de las mantas y cayó en la mesita de noche. La siguiente convulsión cargó el peso del cuerpo sobre el costado contrario. Devolvió los brazos al calor del lecho, y allí los dedos encontraron un pedazo de piel tibia. No se atrevió a moverlos. Escuchó la respiración, más acelerada que la suya. Reconoció el pulso, liviano como la súplica de un animal doméstico. La sombra de las nubes movía los labios en el dosel de la montaña. Mientras duró la luna, fue un marino en la cofa del vigía. Las palabras llegaban nítidas a sus oídos.

Selma Guttmann Casanova: Creía que Drazen Petrovic era Dios. Editorial Modus Ponens.