#165

En el siglo XVIII el obispo anglicano irlandés George Berkeley llevó la ontología empirista a su última frontera con su más célebre tesis: Ser es ser percibido (Esse est pecipi, en el original en latín). Con ello, no solo reclamaba para los sentidos la exclusiva como vía de acceso al conocimiento de la realidad, rechazando la existencia de ideas innatas, sino que exprimía al máximo el argumento y concluía por negar la existencia de la materia. Toda realidad es realidad mental, pura idea, espíritu. Cualquier conclusión, por audaz que pudiese parecer, se daba por buena con tal de combatir el racionalismo mecanicista, pues este desembocaba irremediablemente en el ateísmo. Está claro que, en el ánimo de Berkeley, merece la pena sacrificar el mundo si con ello salvamos a Dios. En la actualidad, las autoridades políticas europeas, preocupadas por expurgar la internet de contenidos considerados falsos o inconvenientes, así como por hacer efectivo el llamado derecho al olvido (que parece prevalecer sobre el derecho al recuerdo, es decir, a la memoria), reclaman a Google la eliminación de lo indeseado. Google, por lo tanto, debe borrar de sus índices los contenidos proscritos, para evitar que aparezcan como resultado de la pesquisa de algún internauta. Lo prohibido continuará alojado en los servidores correspondientes, pero el buscador monopolista hará como que no lo encuentra. Así las cosas, una paráfrasis del viejo irlandés nos da la clave para solfear la ontología del presente: Ser es ser indexado, o también: Ser es ser computado, o también (menos elegante): Ser es ser objeto de la tecnología de análisis de datos masivos (Big Data). Merece la pena sacrificar el mundo si con ello salvamos el mercado.

Nekane Kawasaki: Filosofía a tiempo parcial. Monarquía Parlamentaria Ediciones.

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#164

Es fácil encontrar en la canción de Freddie Mercury Bohemian Rhapsody una evocación del complejo de Edipo, como trasfondo del proceso de construcción de la identidad de género de un adolescente desamparado (poor boy), es decir, de un adolescente. Sería factible también localizar en el personaje ecos del tremendismo social dickensiano. Sin embargo, quedémonos en los dos primeros versos (Is this the real life? / Is this just fantasy?) para ver operar a la metafísica que, fundada por Platón en la primera mitad del siglo IV a. C., llega hasta nuestros días. La doble pregunta que formula Mercury no habría podido ser siquiera pensada antes de Platón, pues para el pensamiento griego arcaico realidad y apariencia lejos de oponerse, se reclaman. La realidad, tal como la piensan los filósofos presocráticos, es un parpadeo constante, la alternativa entre la luz y la oscuridad, entre el mostrarse y el ocultarse, entre el ser y el no-ser. Tal es el fuego de Heráclito, que se enciende según medida y según medida se apaga. Hará falta que Platón, para enfrentarse al relativismo moral de los sofistas, que a sus ojos amenazaba el orden social de su tiempo, reduzca a estabilidad aquel parpadeo. Así postula una esfera ontológica privilegiada, el mundo de las ideas, como el punto fijo al que el hombre ha de dirigir la mirada en busca de la verdad, desdeñando la variabilidad constante del acontecer cotidiano, donde el conocimiento ya no podrá echar raíces. Si Mercury hubiera vivido en Atenas en el siglo IV a. C. y hubiera acudido a la Academia platónica, Bohemian Rapsody empezaría así: Is this the real life? / Is this just appearance? ¿Qué falta? El salto de calidad que llegará veintiún siglos más tarde, con Descartes y su pienso luego existo. Una vez inventado el sujeto ya es posible concebir la apariencia como producto de una psique, es decir, como fantasía. Los antiguos griegos pensaban que el cuerpo era la cárcel del alma, pero esta era solo un soplo de vida. A partir de la modernidad, el alma adquiere la amplitud y solidez necesarias para invertir la relación. Es su voz la que, con la firmeza de la institución punitiva que representa, responde al doliente cuerpo cautivo: We will not let you go.

Nekane Kawasaki: Filosofía a tiempo parcial. Monarquía Parlamentaria Ediciones.

#163

Miles-Walking

Era a primeira vez nese inverno que vira gaivotas canas. Aboiaban coma pasmóns entre as ondas, mentres as patiamarelas lanzaban desde o ceo chíos que a min me parecían de ameaza pero que as outras ignoraban. Ronda e máis eu separáramos do grupo e camiñamos até a pequena praia que, agochada tras uns penedos, se orientaba exactamente ao norte. Alí estaban as cativas. Lucía un sol xeneroso para ser primeiros de marzal e o aire estaba en calma. Ela pousou a mochila e comezou a despirse. Entendín que desexaba un pouco de intimidade, así que me afastei cara ao outro extremo da praia e gabeei polo acantilado. Desde alí arriba vina camiñar núa. Entrou no mar sen probar antes a temperatura da auga, nunha carreiriña decidida. Tiña un corpo firme e ben proporcionado, moi fermoso para unha muller da súa idade. Pensei baixar, despirme eu tamén e mergullarme canda ela, pero antes de que me dera decidido xa saíra da auga, co pelo alisado refulxindo ao sol e os bicos do peito endurecidos coma pedras de acibeche. Daquela, eu seguía enganchado á heroína e había meses que non tiña unha erección. O último terapeuta ao que fora recomendoume masturbarme con regularidade. Meu, eu era un ionqui e suponse que aquel tipo era un especialista, e todo o que se lle ocorría era recomendarme que me fixese pallas… Mandei á merda a semellante caradecona, e fun buscar a miña dose. Estiven con Ronda dúas semanas, e cando marchou díxenlle que necesitaba cartos e ela deumos. Así viña sendo a miña relación coas mulleres por aquela época. Logo fun ao estudio e gravamos a metade dos temas de Walkin’. Soamos coma auténticos fillosdaputa. Horace tocou o piano cun aquel tan sensual que me trouxo saudades do pel de Ronda. Pasei a maior parte da sesión empalmado, meu! Ao día seguinte non tiña función, así que collín o MG e fun a Long Island. Percorrín as praias até que se fixo de noite e souben que se non me pinchaba comezaría a sentirme enfermo. Non vin nin unha maldita gaivota cana. Supuxen que terminaran a invernada. Tamén a elas lles chegara a hora de liscar.

Miles Davis. Os evanxeos aprócrifos.

#162

En su décima primera tesis sobre Feuerbach, Karl Marx dictó un cambio de estatus para la filosofía, que habría de pasar de explicar la realidad a promover su transformación. Si ese imperativo continúa hoy en vigor, ello es mérito en gran medida del llamado pensamiento feminista. La inmersión de este en la perspectiva aceleracionista, que halla en el desarrollo sin límites de la ciencia y la tecnología una vía de emancipación, da como resultado el xenofeminismo. Este propugna la abolición del género, y con ella la disolución de una red disciplinaria en cuyo centro está el “mandato reproductivo”, a través del hackeo de los cuerpos, puesto que nada hay que deba quedar al margen de la manipulación tecnológica. La cirugía asistida con conectividad 5G, las terapias hormonales, la edición genética CRISPR e incluso la impresión 3D ponen este objetivo a nuestro alcance. La utopía xenofeminista prevé con el fin del género una amplificación de las “diversidad sexuada del mundo”. Podemos imaginar algo así como una licuefacción del sexo, que se transforma de realidad binaria (digital) en gozoso continuo analógico. Hallamos por tanto una relación inversa entre ambos términos: a menos género, más sexo. En el límite, género cero significaría sexo infinito. La abolición del género es imaginable como colapso final del actual proceso megustacrático de proliferación de identidades. El sexo infinito es también imaginable como colapso y abolición del sexo por saturación. De las dos positividades admisibles en una ontología foucaultiana (tan presente en las mejores representantes del pensamiento feminista), los cuerpos y los placeres, podemos ahora imaginarnos libres de la primera. Un mundo post-sexual ha de ser un mundo post-somático. Siendo el cuerpo el lugar de inserción de las prácticas biopolíticas, ¿no sería su borrado la culminación del proyecto emancipador antinaturalista del aceleracionismo xenofeminista y, al mismo tiempo, el paroxismo triunfante del deseo cíborg que le subyace? Abolir el género, abolir el sexo, abolir el cuerpo. Tal sería la secuencia. ¿Qué resta? Los placeres. La tecnología los preservará como única positividad residual. Caben dos interpretaciones no excluyentes de este final: éxito de la navaja de Ockham (“no multipliquemos los entes sin necesidad”) y/o excarcelación del alma.

Nekane Kawasaki: Filosofía a tiempo parcial. Monarquía Parlamentaria Ediciones.

#161

El invierno había sido indulgente y marzo se presentó con la fe del converso. Cuando llegaba al apartamento, agotada después de todo el día trajinando con la camioneta, me ponía dos pares de calcetines de lana y buscaba el calor del cuerpo de Nico. Era la única forma de que los pies no se me entumecieran, mientras el viento y la lluvia arañaba las ventanas. Una mañana, al ir a llevar el pedido, me enteré de que uno de los perros de Morgan había aparecido muerto. Alguien había arrojado trozos de carne envenenada por encima de la valla. El viejo decidió dejarlos encerrados en la perrera hasta descubrir al criminal. Los pobres animales ladraban sin parar, día y noche. Por aquella época Nico ya llevaba mucho tiempo sin querer saber nada de la casa del pantano, pero decidió por su cuenta ir a patrullar el perímetro de la finca. Se llevaba el traje de aguas, una linterna de petaca y la albaceteña automática. Durante varias noches lo esperé con los pies helados. En aquellas horas de insomnio me dio por fijarme en las cosas que habíamos ido acumulando en el apartamento y en cómo cada uno las iba disponiendo de forma muy diferente. Nico reunía sus trastos en montones, mientras que yo los organizaba en un único nivel cero. Sus absurdas torres de discos, libros, frascos de medicamentos, herramientas, piezas de bicicleta, envases de todo tipo habían ido colonizando cada rincón con su amenaza de ruina. Las mías, en cambio, tendían a desparramarse con la estable placidez de la línea horizontal. Pienso que cuando alguien apila sus cosas formando amontonamientos inestables es porque está deseando que algo suceda. Está convocando una catástrofe o al menos un cambio, aunque creo que todos los cambios son en alguna medida catastróficos. Por el contrario, cuando alguien organiza sus cosas una al lado de la otra, en perfecta estabilidad, es que desea con todas sus fuerzas que todo permanezca como está. La madrugada que Nico volvió con la ropa ensangrentada y después de correrse sobre mi vientre me dijo que tenía que desaparecer durante una temporada yo ha había empezado a deshacer sus torres.

El pantano (VIII).

#160

Linda no deja que le ayude en la cocina y tampoco tiene ganas de charla, así que me doy una vuelta por la casa. Un vientecillo tibio cargado con el olor de la tierra húmeda levanta las cortinas de tul y se pasea de estancia en estancia. Ninguna puerta le sale al paso. En la salón pequeño encuentro a Morgan hipnotizado delante de la pantalla del televisor. Ponen un partido de fútbol, pero no creo que le esté prestando atención. Antes solía ir al estadio. Los chicos esperaban ansiosos su decisión sobre quién le acompañaría, e intentaban sin éxito entender el criterio para elegir a uno o a otro. Cuando era pequeño, Nico pensaba que se trataba de un premio a quien mejor había interpretado a lo largo de la semana lo que el viejo esperaba de ellos, pero pronto se convenció de que aquella elección era solo una forma arbitraria y cruel de demostrar quién tenía la sartén por el mango. Hace mucho tiempo de eso y poco importa ya, porque los chicos se han ido y Morgan parece sentirse demasiado cansado para hacer el esfuerzo de ir al estadio. Intento comunicarme con él. Le hablo de la última avería de la camioneta, pero me hace el mismo caso que a las figuritas en pantalón corto que se desplazan en la pantalla porfiando por el balón. Mi teoría es que el viejo atesora un gran dolor, y que eso es lo que le aparta de la gente. Ignoro por completo cuál puede ser su causa. Lo que sé es que velaba su mirada la primera vez que lo vi en aquel hospital, y que ahí continúa. Cuando dejas que un gran dolor te acompañe durante mucho tiempo, acaba por convertirse en tu más preciada posesión. Llegas a convencerte de que, si dejas de sentirlo, te habrás quedado sin nada. Por eso te aíslas, para no tener que compartirlo. Linda llega con la bandeja de la cena. El aroma del guiso humeante hace más dulce el aire del pantano.

El pantano (VII).

#159

Michel Foucault señaló el proyecto de reforma de la arquitectura penitenciaria del progresista inglés Jeremy Bentham como uno de los modelos de la sociedad de la vigilancia. Se trata del panóptico, la utopía del ojo que todo lo ve sin que a su vez sea visto. Su materialización es la prisión de galerías radiales que confluyen en la torre de control. Las viejas cárceles construidas según ese patrón que no han sucumbido a la piqueta se exponen hoy al trance de ser resignificadas, ora como centros de la memoria ora como espacios culturales autogestionados. Tal vez en un futuro no lejano lleguen a ser parques de bolas, ideales para celebrar cumpleaños en familia. La antigüedad imaginó la sociedad como reunión de ciudadanos; la modernidad, de súbditos; la contemporaneidad, de consumidores. La postcontemporaneidad megustacrática, que redefine el espacio social como multiplicación y diversificación de deseos, pone fin a la larga primacía del ojo. El voyeurismo ha llegado a su fin. Hemos arribado a la era postpornográfica. La producción casera, el porno para almas sensibles de Erika Lust y el decadente fenómeno Cincuenta sombras de grey ofrecen suficientes pruebas de ello. Muerto el ojo, el oído se alza como instancia privilegiada de producción y reproducción de orden. A su favor (usemos un término à la mode), su mayor resiliencia. Lo inquietante de los asistentes virtuales que han empezado a colonizar las salas de estar no es que espíen nuestras conversaciones para burdos fines comerciales, sino que nos harán compañía. La empatía artificial, segundo estadio en el desarrollo de la inteligencia sintética, hará que los chatbots nos ofrezcan el calor que apenas somos capaces de aceptar en las personas, con costes de mantenimiento muy inferiores a los de una mascota. Ellos serán nuestros nuevos mejores amigos. No tardaremos en amarlos.

Nekane Kawasaki: Filosofía a tiempo parcial. Monarquía Parlamentaria Ediciones.