#124

Versotrónica (11).

Anuncios

#123

Bajé a la última playa de la ciudad, donde no llegó la molienda que el MOPU solía vendernos por arena y, sordos a las ordenanzas, ocupando con sus cuerpos extendidos la escala completa de la tersura, conviven epidermistas y textiles. Sobre la roca más blanca, pulida por el azote perpetuo del océano, vi su cuerpo de insultante lozanía, las nalgas como fruta de hueso el segundo antes de madurar. Creí hallar en él una versión mejorada de lo que llegó a ser el tuyo (el progreso, ya se sabe). Mejor pero no más hermoso, pues como dijo la de Lesbos nada hay más bello que lo que uno ama. Descendía no obstante la tarde y el vigor de la marea ponía en fuga a los bañistas. Quise entonces acariciar su tobillo, ceñido de fino tatuaje, antes de ver pasar mi sombra con su piedra de mansedumbre.

Fidel Crujeiras de Morgan: Ausente Anactoria. Edición del autor.

#122

Me despachaste con aquel
no quiero que esto vaya a más,
no quiero quedarme colgada,
no quiero sufrir por tu causa.

Algo así dijiste con tu buen inglés
o yo lo entendí con mi mal inglés,
mientras la tormenta sofocaba
las llamas de agosto.

Hoy, pasado tanto tiempo,
descubro tu impostura.
Soy yo quien sufre
al recordar tu flema escandinava,
mi sonrisa boba
aquella madrugada que nos refugiamos
a la puerta del último pub,
la voz de Morrissey naufragando
en la travesía de los imbornales:
there is a light that never goes out…

Hoy que el olor dulce
de la tierra que agradece la sed saciada
ha descerrajado el armario de la memoria
y entre escamas de alquitrán blanco
he encontrado tus bragas negras de tosco encaje,
la filigrana de oro que persiguieron mis dedos
en tus más ansiados rincones,
la vez que creí reconocerte en París,
delante de Nôtre Dame,
de viaje con una amiga, también es casualidad.

Hoy que la lluvia consuela a las rocas
de un largo oprobio de sol y turistas inclementes
y en la playa desierta
al fondo, la música obstinada del chiringuito
repaso con mis dedos los ateridos pliegues de la arena
buscando algún reflejo de oro
que el sol hubiera podido abandonar en su estampida,
bendiciendo el bálsamo de frescor
que sana el edema del verano,
persiguiendo aquella luz
que prometía no apagarse,
recordando,
perdóname que insista,
el aroma numinoso de tu sexo.

#Pasionesdeverano

#121

Todo instinto es el fruto de un arduo aprendizaje. Un buen día Hélène se marchó. Lo hizo de la forma más elegante que pueda imaginarse. Tanto, que Gäel fue incapaz de formular un reproche, y pronto se sorprendió viviendo la vida de siempre: siguiendo los mismos horarios, viendo a la misma gente, ejecutando las mismas rutinas implacables. Los primeros días los pasó en un cierto estado de choque que le impidió darse cuenta de la dimensión de lo que había sucedido. Pero, ¿había sucedido algo realmente? Accedió a continuación a una fase de tristeza, matizada con un punto de amargura que le hacía propenso a enfadarse por cuestiones nimias pero que, en contrapartida, afilaba su sentido de la ironía, lo que le granjeó más de un éxito en reuniones y quermeses. Luego, simplemente, siguió viviendo como antes. Incluso respetó los saludables hábitos alimenticios que, con tanto tesón y muy a pesar de sus sarcasmos iniciales, Hélène había logrado instaurar. Desde el día en que llamó para explicarle que se había llevado sus cosas, y que se iba porque eso era lo que necesitaban los dos, apenas había cambiado de sitio un par de fotos enmarcadas. Hasta los bibelots que más detestaba, y que ahora si alguien le preguntase ya no sabría decir cuáles eran, continuaban en su lugar. Algunas mañanas, antes de la ducha, cuando iba a buscar la ropa para vestirse, se detenía un instante al ver vacía la parte del armario que ella solía ocupar. Otras veces pensaba que el piso se le había quedado demasiado grande, o que debía despedir a la asistenta, puesto que sus servicios ya no le parecían necesarios. Pero de inmediato, sin llegar a tomar ninguna resolución, regresaba a sus asuntos. En realidad, no había nada que decidir. Todo seguía igual que siempre. Sabía perfectamente estar sin ella, pues habían vivido juntos muchos años.

Selma Guttmann Casanova: Creía que Drazen Petrovic era Dios. Editorial Modus Ponens.

#120

¿Puede un último gesto de dignidad redimirnos? Tal vez. No tengo una respuesta categórica para esa pregunta. Después de todos estos años sigo pensando en aquellas extrañas jornadas, las de mis últimas horas en el poder, y me sigue sorprendiendo la naturalidad con que se resolvió todo, y lo mucho que ese natural discurrir de los acontecimientos sorprendió a tanta gente. Cuando llevas largo tiempo a los mandos de la nave cuesta comprender que dejarlos no es una acción, sino todo lo contrario. Aquella tarde, en la larga sobremesa acompañado por mis más leales colaboradoras, lejos de practicar un cobarde escapismo ante la oposición, como se dijo, llevé al extremo mi ideario político. Ejecuté la partitura mayor del arte de la templanza, tantas veces malinterpretada como molicie. Mientras los postres se alargaban, whisky va whisky viene, yo contestaba a las brillantes sugerencias de mis colaboradoras con la conocida fórmula de Bartleby: “Preferiría no hacerlo”. Confieso que albergaba la esperanza de que, como en tantas ocasiones anteriores, quedarse quietecito sería la fórmula mágica para salir del atolladero. Pero esa vez no resultó. Había llegado el final y los del restaurante querían cerrar. No recuerdo quién pagó la cuenta. Algunos criticaron que, durante aquellas horas cruciales, mi sillón en el Parlamento estuviera ocupado por el bolso Loewe de mi fiel Selene. ¡Insidias! Nunca en la historia de nuestra gran nación la presidencia del Gobierno ha estado más dignamente representada… Pero volvamos al principio. ¿Puede un gesto, aunque sea en realidad un no-gesto, redimirnos in extremis? Perseguí la respuesta con ahínco en mis últimos años de vida profesional, alejado ya de la lid política, entre el tedio de las notas simples y las reservas de dominio, mientras llegaba a mis oídos el sedante rumor del Mediterráneo. Entonces dejaba descansar los párpados para sumirme siempre en la misma ensoñación: el mar bañaba mis pies desnudos y yo lo sentía tibio. De repente comenzaba a enfriarse y se teñía de negro, y de alguna parte llegaba un intenso tufo a petróleo. Luego volvía a calentarse y tomaba un color rojizo, y un cuerpo humano aparecía varado en la arena. En ese momento, alguien me llamaba y me decía Mariano, es hora de volver al registro, y yo pensaba que tenía razón y que llevaba demasiado tiempo con los pies en remojo. Y que eso es lo importante y que lo demás no importa nada.

Margarita Yourcenaria: Memorias de Mariano. Ediciones Demiplié.

 

#119

suelo-baja

Cuando se fue, hice planes para gozar del desamparo. Comer a cualquier hora, poner música, buscar soluciones nuevas para la cinemática del amor. Pero no pude echar de casa a ése que me acompaña a todas horas. Palpo el aire y encuentro sólo el alto aire. Miro el cielo y hallo únicamente su color, que no le pertenece. ¿Qué hay en mí que se obstina en llamarse yo? Que no quiere no ser nada.

Quintín de la Buganvilla: Kit autoinstalable para traicionar a Pessoa. Guatafaca Ediciones.

#118

La noche se alza sobre el cosmódromo Mariano Rajoy Brey de Ciudad Real. Los droides que han alcanzado el final de su vida útil apuran la sobremesa. En el vestíbulo de llegadas, Arquímedes busca un punto de apoyo, quiere mover algo. “¡La Tierra, la Tierra!”, grita fuera sí mientras recorre el amplísimo vestíbulo repleto de cafeterías autoservicio y reclamos publicitarios. El muchacho está en vena. Tiene ansia por desplazar algo muy grande, algo verdaderamente enorme, para así devolver a la sociedad un poco de lo mucho que le ha dado. Hoy está de buen humor. Hoy tiene esa marcha. En busca de un punto de apoyo, se acoda en un mostrador desatendido, pero una muchacha vestida con elegancia corporativa se le acerca sigilosa por la espalda. Comienzan a cerrar las cafeterías autoservicio. Hay cambio de turno en el duty-free. El servicio de realidad aumentada informa de las últimas novedades de interés para los viajeros intergalácticos… El canto de las cigarras mece el cosmódromo Mariano Rajoy Brey de Ciudad Real. Tras una larga sobremesa, los droides caducados toman el camino del desguace. Arquímedes contrata una Barclaycard. La Tierra gira sobre su eje impasible.

Carmentxu Xanadú Von Braun. Pulscuamperfecto de subjuntivo. Ediciones Multifuncionales.